Bullying, caída de lo simbólico

Escrito por Etty Kaufmann Kappari


Carolina vive en León XIII, a menos de 4 kilómetros de la UCR. Ella sufrió bullying por parte de sus compañeras, quienes la agredían a diario. Se salió del colegio por temor a ser atacada ante las amenazas que le proferían. Su dolor, la impotencia y el destino truncado permanecen en el silencio.


“Libre, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies”, fueron las últimas palabras de Jokin, un niño español que se suicidó hace unos años tirándose en bicicleta por un acantilado luego de haber padecido de acoso físico y psicológico por parte de compañeros y profesores de su colegio, ¡durante dos años!


Jokin y Carolina no padecieron solo del acoso de sus compañeros en el colegio. También sufrieron de una clara negligencia social: la mala praxis de un sistema que, a pesar de conocer los excesos que se cometen, no produce acciones sustantivas para detener estas violencias. Ambos denunciaron el acoso que sufrían, pero las historias terminaron mal.


La aplicación de protocolos no es suficiente. El tratamiento emocional de quien agrede y de quien es agredido es necesario.


Algunas investigaciones proponen efectos nefastos para quienes son acosados: un alto porcentaje de ellos buscan como alternativas de “solución” la droga y el suicidio.


Pero, más llamativo aún es que quienes acosan, tienen secuelas psicológicas graves si no son atendidos después de cometer su agresión: corren alto riesgo de padecer trastornos psiquiátricos en la edad adulta (Brunstein, 2009).


El bullying, una forma de relacionarse con otros, sin límites, no es un problema individual, que afecta a unos pocos. Es evidencia radical de un problema social. Toca pensar el centro educativo como un lugar para el encuentro y la convivencia y no uno pensado para la exclusión y la violencia.


Urge una reflexión en la construcción de formas efectivas para retomar encuadres que salvaguarden los derechos de adolescentes y jóvenes: tanto de quienes son agredidos como de quienes agreden.


Ya lo dijo Benedetti: “La juventud aguarda un gesto, una rendija de esperanza. Aunque se aturda, aunque recurra a mil variantes de la violencia, la juventud espera ser atendida y ayudada a sobrevivir”.


Eso nos toca.


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