APRENDER A QUERER, AL QUE SE QUISO ESTANDO VIVO, DE OTRA MANERA…

Escrito por Isabel Garbanzo


Cuando perdemos a un ser querido, el vacío, la ausencia y el sufrimiento son indescriptibles, no alcanzan las palabras para describir a cabalidad esas sensaciones. “Sé cómo te sientes” son palabras que se dicen para consolar, y eso se agradece, pero lo cierto del caso es que nadie puede saberlo más que quien lo esta viviendo, es su dolor, es su perdida y nadie más que la persona que lo sufre sabe cómo y cuánto lo sufre. Será responsabilidad de quien vive ese dolor escoger cómo manejarlo, será su elección y su camino a transitar, suyo y de nadie más. El acompañamiento respetuoso es buen soporte, mientras se aprende a dejar ir, a amar de otra manera y desde otro lugar. Si esto no se trabaja, la sombra, el recuerdo del que murió invade la vida, se torna interminable y por tanto patológico.


Aunque en medio del sufrimiento no lo parezca así, lo cierto es que siempre hay algo por aprender en las crisis. El dolor que se vive ante un duelo nos enseña que tenemos que echar mano de todos los recursos disponibles al momento. Uno de ellos es la posibilidad de elaborar el duelo en terapia, un lugar que no es para consuelo, sino que más bien, es un lugar de respeto y acompañamiento para el dolor que en ese momento se vive.


En terapia se encuentra el acompañamiento necesario para elaborar el duelo. La presencia del terapeuta hace sentir que tener a alguien cerca, que escucha y respeta tu dolor, puede ser el mejor consuelo posible, mientras se va trabajando el hecho que se puede seguir sosteniendo una vida, a pesar de la muerte de un ser amado. El terapeuta que acompaña a quien ha sufrido una perdida, no está ahí con sus propios dolores, sufrimientos, o angustias. El terapeuta ejerce, más bien una función de receptor, que se llena de eso que relata el paciente. Eso no quiere decir que el terapeuta no siente ese sufrimiento, claro que lo siente, pero no dice… ahhh pues si le entiendo, yo también he pasado por eso y viera que a mí me funcionó muy bien hacer tal o cual cosa. La terapia no se trata de eso.


Quien sufre piensa en el dolor presente, tiene miedo y no concibe, en ese momento, la vida sin la presencia de ese ser amado. El dolor es un sentimiento del presente, se vive hoy, con pena con tristeza y ese dolor, ese momento, se respeta, se acompaña, se elabora.


El duelo, es un tiempo, que hace falta para aprender a vivir con la ausencia de quien se he querido tanto. Es necesario aceptar que esa persona ya no está más físicamente. Hará falta dejar transcurrir el tiempo, para que, en dicho proceso, se aprenda a querer, al que se quiso estando vivo, de otra manera…ahora estando muerto. Se quiere a ese que se quiso vivo, pero ahora se aprende a hacerlo desde un lugar diferente, por todo eso que se vivió, compartió, aprendió y por cómo hubiera querido que asumiéramos su ausencia.


El que partió sigue presente de una manera diferente, en el pensamiento, en la palabra del que lo nombra, en las sensaciones de los recuerdos que vienen a la mente. Se buscan lugares para hacer presente, simbólicamente, a esos que amamos y que ya partieron. El cementerio es uno de esos lugares, es ahí donde queda constancia escrita de ese que existió. En ese espacio de quietud y silencio se puede “conversar” con quien ya partió de este mundo material. También se puede, simbólicamente, ir al encuentro de los seres amados ya partidos, en la naturaleza, un sendero en la montaña, lleno de sensaciones visuales de belleza, armonía, los sonidos del viento, las aves, los aromas dulces, suaves o fuertes, evocan la presencia, el amor profundo que se sigue guardando por nuestros muertos, esos que llevamos en nuestra mente, en nuestro corazón.


La montaña es por mucho, mi lugar preferido para conectar con la naturaleza y a través de ésta seguir agradeciendo y amando de otra manera a quienes, en vida fueran mis seres queridos, amados, a esos que llevo en mi mente y en mi corazón. Yo les llamo “mis muertos siempre vivos”. En la montaña tengo la sensación de que cualquier cosa que les diga es escuchada, y la respuesta la recibo a través de la serenidad de la brisa, del azul del cielo, el intenso verde de los arboles a lo lejos y de la paz que ahí se experimenta.


Si así se elige, siempre es posible elaborar una perdida, y a partir de ésta producir algo nuevo, redirigir toda esa energía libidinal. Si así se elige, siempre es posible lograr estar en capacidad de agradecer a la vida por haber posibilitado el encuentro que dejó marca de amor indeleble en nuestra vida.


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