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“El cuerpo habla lo que la boca calla”

¿Te ha pasado que tienes un malestar, o dolencia física a la que no le encuentras  lógica de ser?  Esas para las que tus allegados  rápidamente dan el  diagnostico de: “ ¿y no será psicológico?”  o “acordáte que el cuerpo habla lo que la boca calla?”   

Esos síntomas físicos, sin aparente razón de ser, probablemente tengan algo que ver con vivencias, que luego se tornaron inconscientes.  Es decir, se trata de lo psicológico manifestándose en el cuerpo, Como la  famosa frase de Freud, “La voz del inconsciente es sutil, pero no descansa hasta ser oída”.  


En el consultorio es común recibir pacientes que de entrada refieren: 

  • “Ya fui a muchos médicos y todos me dicen que lo mío es psicológico y por eso vengo.  Me preocupo mucho por mi salud y ante cualquier cambio en mi cuerpo ya estoy pensando que tengo una enfermedad grave.  Pero cuando me hacen los exámenes todo sale bien.”  


Esta preocupación excesiva por tener o contraer una enfermedad, es lo que se conoce como hipocondría. Las preguntas por plantearse pueden ser ¿Con qué asocia ese pensamiento constante de enfermedad? ¿Desde cuándo y cómo empezó? y así es como empezamos a descifrar lo que hay de inconsciente en esas manifestaciones en el cuerpo. 

(Diaz, Carmen L. 2003) [1] en relación con el cuerpo, su valor, sus usos y abusos refiere: 

  • “El cuerpo se torna en el bien más accesible para el sujeto…se convierte en uno de los bienes de mayor valor del otro y el más fácilmente aprensible, ya sea para consentirlo o para maltratarlo, para exaltarlo o para ultrajarlo…es el vehículo de expresión de las pasiones, del amor y del odio; sobre él se manifiestan los usos y los abusos, las sanciones, los castigos y los excesos…”


El cuerpo como vehículo de expresión de las pasiones lo escuchamos en esos pacientes que consultan por otros motivos y conforme va avanzando el tratamiento, relatan como ante situaciones estresantes tienen una reacción corporal.   

  • “Viera me dio una migraña terrible, porque claro, el gerente de la empresa me pegó una gritada frente a todos mis compañeros. Yo tenía ganas de decirle hasta de lo que se iba a morir, pero no se puede.  Tuve que quedarme callada. A mi la migraña se me quita hasta que vomite todas las “bilis”  Y claro, de niña vi como mi abuelito ridiculizaba y maltrataba a mi mamá y ella siempre se quedaba callada, se lo tragaba todo, después mi hermano y yo  teníamos que correr a comprarle medicamentos para la colitis.  Ella no decía nada, pero luego se enfermaba” 


La dinámica de las relaciones con figuras de autoridad, en este caso, es interpretada como  hay que quedarse callado. Ella, literalmente, “vomita” al gerente, y como la madre  “todo se lo traga” para luego  tramitarlo a través de síntomas físicos como la migraña.

Durante el confinamiento por el Covid-19, los ataques de ansiedad y pánico fueron el día a día para muchos a nivel mundial. El estrés del confinamiento puso de manifiesto que cuando estamos sometidos a situaciones de estrés agudo, somos más propensos a poner al cuerpo a hablar aquello que no podemos poner en palabras

  • “Viera que infancia tan terrible, era un estrés continuo, mi mamá se las ingeniaba para que mis hermanos y yo tuviéramos accidentes. Tenía plantas venenosas en la casa, dejaba los insecticidas abiertos y a nuestro alcance, ponía cosas para que sufriéramos caídas serias, dejaba sola por muchas horas a mi hermanita que era una bebé. Y Dios libre hacerla enojar porque nos tiraba lo que tuviera a mano en ese momento.  Mas de una vez fuimos a parar al hospital.  Pero todo lo controlaba para que pareciera un accidente.  Viví toda mi infancia en estado de alerta, con ansiedad por los peligros inminentes a que ella nos sometía.  Lo materno fue monstruoso para mi” 

En su vida adulta ella tiene padecimientos físicos muy particulares, ovarios poliquísticos, tumores en los senos, hongos e infecciones vaginales constantes. Nunca quiso ser madre, porque la horrorizaba ser como la suya y con el padecer de su cuerpo, inconscientemente, se aseguró que así fuera.   

Las marcas de lo inconsciente en el cuerpo pueden ser también de otra índole, no como marcas físicas, sino como comportamientos, gestos o tics.

Ella habla bajito, su voz es más bien como un murmullo, es como si quisiera no ser escuchada.

  • “El problema que tenemos en la relación de pareja, es que mi esposo siempre me está pidiendo que hable más fuerte, no escucha lo que le digo, no me presta atención. Además, me dice:  no has visto que encima de hablar bajito te tapas la boca con la mano.  Imposible escuchar que estás diciendo” Pienso que él no me presta atención, y encima me pregunta “¿cuál es el problema de hablar en voz alta? Eso me enoja muchísimo y entonces le hablo feo y eso genera discusiones.  


Indagando en esta dificultad de pareja descubrimos que estaba relacionado con una historia de abusos sexuales por parte de su padrastro.  Cuando ella le contó a su madre de los abusos, ésta la mandó a callar: “Él dice que son mentiras y que te irás al infierno por mentirosa”.  De ahí en adelante, ella asumió que en la vida mejor no hablar de lo que está mal, y en lo demás se habla bajito.  Y es que, pensó,  cuando se habla a uno no lo escuchan, así como su madre “no la escuchó”. Hay que taparse la boca, no hay que hablar, es el mandato materno que ella sostiene.

En otro ejemplo de cómo el inconsciente puede  incidir en el cuerpo:  

  • Ella siguiendo el plan de vida, según el cual a los 35 años tendría su primer hijo, va a su cita con el ginecólogo para iniciar todo el proceso previo a embarazarse y ahí recibe un diagnóstico fuertísimo: “tu útero es del del tamaño del útero de una niña de diez años, es imposible que tengas hijos”.


En sus sesiones de terapia logra asociar una vivencia infantil en la que se propone, inconscientemente “parar de ser mujer”.  Y es que diez eran los años que tenía cuando su padrastro la abusaba sexualmente.  El adulto perverso, la hizo pensar que era ella quien estaba haciendo algo malo, “tu mamá no puede saber esto, no se lo podes contar porque se va a enojar”.   Ella pensó que era su culpa provocarlo.  “Tengo que lograr que este cuerpo no siga desarrollándose para que no seguir provocándolo, sólo así esto terminará.”   


El cuerpo y la mente coexisten en una dualidad infinita y de incidencia mutua, y según (Diaz, Carmen L. 2003) [1]:   

  • “El cuerpo es el objeto que generalmente elije el sujeto para exponer su conformidad e inconformidad, para asentar su síntoma; habla de bienestar y del malestar, de la complacencia y del padecimiento…”


 No es funcional ir por la vida pensando que hay padeceres que no tienen explicación y que se debe aprender a vivir con ellos, callando, sufriendo de migrañas, bajando la voz, tapándose la boca, o dañado tus órganos para no tener un hijo que repita tu historia.  Hay que hablar, analizar, asociar, sino lo haces, tu cuerpo lo hará por ti. 

Estoy segura que la voz del inconsciente seguirá insistiendo hasta ser escuchada, tal y como lo apunta  el refrán popular de “el cuerpo habla lo que la boca calla”. La terapia psicoanalítica, es un espacio confidencial, por tanto, seguro, que posibilita poner en palabras eso que te genera malestar. Logra generar, a través de la palabra y gracias a la transferencia, nuevos significantes que dan  un nuevo sentido  y una posición subjetiva diferente ante ese malestar que ya no sea el sufrimiento.


  1. Diaz, Carmen L. (2003).  El Cuerpo – ese objeto marcado por el exceso del otro.  Revista, Desde el Jardín de Freud. (3), pág. 99



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