CRISIS DE ANGUSTIA O ATAQUES DE PANICO

Uno de los motivos de consulta más frecuentes hoy en día.

Freud, en 1893, en “Estudios sobre la Histeria”; específicamente en el historial de Catalina, ya trataba estos cuadros de angustia. En el caso de Catalina, podemos leer la descripción que hace ella misma de sus síntomas: “….estoy enferma de los nervios, el médico […] al que fui a consultar hace algún tiempo me recetó varias cosas pero no me han servido de nada […] Me cuesta trabajo respirar. No siempre. Pero a veces parece que me voy a ahogar.” En relación con los ahogos, Catalina agrega: “Me dan de repente. Primero siento un peso en los ojos y en la frente. Me zumba la cabeza y me dan unos mareos que me parece que me voy a caer. Luego se me aprieta el pecho de manera que casi no puedo respirar. Se me aprieta (la garganta)como si me fuera a ahogar. Me late (la cabeza) como si fuera a saltárseme. Creo siempre que voy a morir”.

Desde ese entonces ya el Psicoanálisis intentaba dar respuesta a sus posibles causas así como al posible abordaje de estos episodios, hoy más comúnmente llamados Ataques de Pánico.

Sólo aquel que ha vivido uno de estos sabe lo “terrorifíco” que puede resultar la experiencia, tanto así, que una vez que se ha experimentado uno, nunca se olvida.

Suelen describirse como una sensación de miedo intensa ligada por lo general a la certeza de que se va a morir o a perder el control (volverse loco); hay una sensación de extrañeza o de estar como en una dimensión diferente a la que se estaba hace tan solo un segundo; siempre se acompaña de síntomas físicos como los mencionados anteriormente pudiendo llegar inclusive hasta el desmayo.

¿Por qué ocurren ?

Todos manejamos cierto nivel de angustia aún cuando del todo no lo percibamos. La vida implica siempre un monto de angustia, un monto que nos permite cierto funcionamiento en el día a día. Unos días más angustiantes que otros, pero que nos permite cumplir con las actividades que acostumbramos realizar.

El ataque de pánico ocurre cuando se da una elevación extrema en este nivel de angustia que no es percibible hasta que irrumpe. Es por esto que siempre resulta sorpresivo. Deja a quién lo sufre en un estado de crisis o de pérdida total de su funcionalidad. Lo que lo vuelve más impactante es esta falta de sentido, ya que no hay conexión o asociación posible, «Todo estaba bien, o igual que siempre». Para ejemplificarlo: el nivel de angustia que se alcanza en un episodio de estos, es similar al que podríamos experimentar si estamos siendo asaltados, con la gran diferencia de que no podemos encontrar el motivo, como si lo encontraríamos en una asalto, esto hace que la idea de estar ante la muerte, o de estar volviéndose loco sean las únicas posibilidades, y así el sujeto las establece como certezas en el momento.

El sujeto sufre un desfallecimiento subjetivo; en ese momento aparece ajeno, extraño, fuera de escena, no se reconoce a sí mismo.

Es común que se presenten ante o luego de acontecimientos que se perciben como de gran satisfacción, como pueden ser graduaciones, compromisos matrimoniales , ascensos laborales, fechas especiales; cambios de etapas del sujeto o de sus familiares.

¿Por qué así?

Porque a pesar de ser momentos tal vez muy anhelados, tocan puntos concernientes a la separación. Separación del Otro, que implica siempre pérdida, y abren la pregunta por el deseo, lo cual nunca deja de ser angustiante.

La separación implica responsabilizarse, asumirse, elegir, con la pérdida correspondiente que siempre conlleva...

claro todas estas asociaciones se dan a nivel inconsciente sin que el sujeto pueda percibirlas y simbolizarlas por sí mismo, convirtiendo así el ataque de pánico en un evento totalmente enigmático, y que urge de un sentido.

¿Qué hacer?

Buscar el origen de este incremento de angustia resulta indispensable, esto a través de un espacio en donde se pueda hablar y ser “bien escuchado” de forma tal que pueda ir develándose ese saber que no sabe que se tiene (inconsciente), y así poder ir encontrándole un sentido que logre que la certeza empiece a ceder y por consiguiente la angustia a bajar.

En algunos casos resulta indispensable también recurrir temporalmente al medicamento para evitar un sufrimiento excesivo y recuperar la funcionalidad que permita el trabajo terapéutico.

Lo primordial sin embargo es poder simbolizarlo o asociarlo a un sentido, porque este “no saber”, esto “impalabrable”, es lo que lo vuelve totalmente insoportable.

La angustia como dice Jaques Lacan: es el afecto que no engaña”; dando a entender que es lo que es, que es sin palabras, se vive en el cuerpo. Es decir que no se trata de un afecto que pueda ser desplazado, como puede ocurrir con la tristeza, que al desplazarse se vive como enojo o ira.

De estos afectos, como el enojo, la tristeza, la ansiedad, podemos hablar. La angustia, en su estado puro no se puede poner en palabras. Es el real puro. Aquello que queda fuera del lenguaje. Esto lo podemos comprobar observando a quien sufre un ataque de pánico; suele ser un puro acto, un puro movimiento, y muy poco lo que puede decir acerca de lo que le pasa.

Presenta sudoración, agitación, movimientos repetitivos, pero de poder hablar algo, suele ser la misma frase, como por ej: “no sé, no sé, que me pasa…..

Lastimosamente el tratamiento que se suele ofrecer ante un evento de estos, es recurrir en primera instancia a la medicación; y se suele recomendar con bastante frecuencia el acompañamiento de un tipo de terapia

pisco-educativa, en donde se enseñan estrategias para hacer frente cuando vuelva a presentarse; entre estos, ejercicios de respiración y entrenamiento en pensamientos racionales y positivos.

Este tipo de abordaje, hace que el sujeto siga en desconocimiento de lo que le pasa; no da espacio a su palabra; a lo que pueda saber del por qué le ocurrió. Encontrar un espacio, de escucha en donde se abran más preguntas que etiquetas diagnósticas, en donde se permita y se promueva la asociación; ¿cómo fue que empezó?; adónde se encontraba?; ¿Qué estaba pasando en ese momento? o en días anteriores?; en que otros momentos ha sentido algo similar? o lejanamente similar? Qué se le ocurre? es la única vía que le permitirá poder lograr ese saber sobre la causa de su angustia lo que se traduce en una baja de angustia inmediata, lo otro es aprender a lidiar con esta angustia producto “de lo no sabido” amenazando con un posible nuevo ataque.

¿Qué si toma mucho tiempo?

En clínica siempre es el caso por caso, pero puedo decir que he tenido experiencias de atención en donde en tres sesiones estos ataques han cedido por completo sin necesidad de ningún medicamento, otros casos en donde sí ha sido necesario el acompañamiento temporal con algún ansiolítico, pero lo más importante nunca permitiendo que salga alguien de la consulta con un diagnóstico de “síndrome de ataques de pánico”, como he podido escuchar en ocasiones, como si se tratara de un padecimiento crónico.

Si no damos campo a la palabra, ésta va a seguir pujando por manifestarse, a través de diferentes síntomas o nuevas crisis; y por lo tanto obligando al sujeto a tener que tomar cada vez dosis más altas de medicamentos, o a estar cada vez más pendiente y esclavizado a las estrategias “aprendidas”, para intentar hacerle frente.

Mónica Maynard Lang

Psicóloga-Psicoanalista