GRACIAS COSTA RICA


Escrito por Etty Kaufmann Kappari


Llegué a Costa Rica hace 42 años con mi familia y mis perros, Lordie y Dixi. Veníamos de esa Lima húmeda, olorosa y gris.


Huíamos de un Perú con toques de queda, estados de sitio, tanques en las esquinas y disparos a cada hora, que nos recordaban lo que es la fuerza de un ejército. Además, decían en secreto -mi mamá y mi papá-, que no se podía hablar en voz alta o decir ciertas cosas. Pero yo era una niña y no sabía distinguir entre lo que se podía y lo que no se podía decir, entonces pasaba con miedo.


Cuando mi papá viajó a Costa Rica por primera vez a conocer, a valorar la posibilidad de migrar, a mí me pareció bien porque yo ya no aguantaba esa vivencia militar, ese miedo.


Cuando mi papá regresó de ese viaje nos contó que era un país sin ejército, que era muy verde y que la gente arrastraba la “r”.


A los meses, mi padre consiguió trabajo en Costa Rica y nos pusimos a empacar, a decidir qué se podía llevar y qué no. La familia vivió duelos intensos, porque migrar abre el universo por un lado y lo cierra por el otro. Dejaba la casa en que nací, mis mejores amigas y hasta un chico que me gustaba.


Llegamos en marzo de 1978. En abril, a mis trece años, conocí la lluvia por primera vez en mi vida, porque en Lima no llueve nunca. Janice y yo nos empapamos y reírnos bajo un aguacero tibio y tierno.


Cuando empecé a ir al colegio, recibí hospitalidad, cariño y solidaridad de mis compañeras y compañeros.


Rodeada de las montañas verdes del valle central, los cielos azules de diciembre, los árboles en flor, esa adolescente que era yo, podía percibir la maravillosa ausencia de un ejército.


Han pasado 42 años desde mi llegada a Costa Rica. Vivir aquí es la mejor herencia que me dejaron mi madre y mi padre. No puedo estar más agradecida. No solo porque aquí nacieron mi hija y mi hijo, no solo por las montañas y las costas, o por la lluvia, o por la gente hospitalaria, o por el rice and beans con pollo en salsa.


También y, sobre todo, estoy agradecida por vivir en un país que decidió no tener ejército.


Gracias Costa Rica.



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