LA ALIMENTACIÓN COMO DIS-PLACER

Escrito por Melania Agüero


Alimentarse puede ser vivido como uno de los mayores placeres de estar vivo o puede convertirse en un castigo que envenena el cuerpo de las personas.

En el primero de los casos, las personas disfrutan de todo lo que se relaciona con este evento: desde hacer las compras de lo que se va a comer hasta la alegría de la preparación de los mismos.


Así la comida puede ser vivida desde el erotismo y la sensualidad, es decir un afrodisíaco que alimenta el cuerpo y el espíritu, y que se transforma en energía positiva del lado de la vida o se puede convertir en su contrario: veneno, tortura y enfermedad. Esta última situación la escuchamos cuando hablan las anorexias y las bulimias: “comer es sinónimo de sentirse sucias, hinchadas. Sienten asco por su cuerpo, se sienten contaminadas”. No soportan verse en el espejo, siempre se ven gordas aunque sus cuerpos estén extremadamente delgados.


Trabajo en clínica desde hace muchos años y son muchas las mujeres[1], (veinte por cada hombre) que hablan de su conflicto con la alimentación. Llegan a la consulta llevadas por sus padres que empiezan a ver el cuerpo de sus hijas cada vez más delgado y en franco deterioro. En la mayoría de los casos he detectado que esta problemática con la alimentación se gestó en el hogar de cada una, desde muy atrás en sus historias de vida.

El desequilibrio que refleja el cuerpo en las anorexias y las bulimias podría explicarse por un desequilibrio emocional que se vivió en la primera infancia y que dejó sus marcas. Este desequilibrio tiene que ver con fallas en el amor y el deseo de parte de las personas adultas que tuvieron a su cargo el cuido de estas niñas, generando una gran insatisfacción en el vínculo que se construyó con sus padres[2] en estos primeros años. Con la llegada de la pubertad el problema sale a la luz, es visible y en la mayoría de los casos hay un desencadenante que lo dispara: un rechazo afectivo, la pérdida de un ser querido, la separación de los padres.


Con la llegada de esta nueva etapa se inicia un proceso de cambios físicos, en el cual el cuerpo del niño o de la niña adquieren la capacidad de la reproducción sexual Es una etapa del encuentro con el Otro sexo, y la puesta en juego de nuevas identificaciones. Es decir, es un reajuste de las identificaciones infantiles.


Estas identificaciones se jugaron tanto con la figura de la madre como con la figura del padre. Y es a partir de estas identificaciones, que el sujeto humano logra construir su subjetividad, dándole un sentido a su yo, a su narcisismo, a su autoestima y a su imagen corporal.

La adolescencia es efectivamente un tiempo de separación del sujeto a las demandas del Otro de los padres, generando una crisis que cuestiona profundamente su ser. El adolescente se convierte entonces en un extraño de sí mismo, de su propio cuerpo, hay una fractura emocional. Necesita ser y pensar desde su propia subjetividad.


Es por eso, que todo lo que no se vivió o no se recibió (dones[3]), en los primeros años de vida, se re-significa en esta etapa, provocando una afectación la cual se deposita en la alimentación como una forma de llamarle la atención a estos adultos de la familia, a los padres en la gran mayoría de los casos.

La alimentación se convierte entonces en una respuesta o una defensa para hacer frente a sentimientos y emociones que no lograron simbolizar la satisfacción, el deseo y el amor de las primeras identificaciones.

Se rechaza la comida, se vomita o se usan laxantes. No les importa las consecuencias a esta privación. Podríamos decir que la “desnutrición emocional” que vienen arrastrando va a generar desnutrición del cuerpo.


Vivir la alimentación desde el sufrimiento y la angustia hace que la tristeza se apodere de estas personas, llegando en algunos casos a depresión. Estas depresiones pueden ser tratadas y hay muchas posibilidades de retornar a una cierta normalidad pero también la depresión puede convertirse en melancolía y las consecuencias pueden ser muy graves. Sin embargo, quienes sufren de este trastorno no detectan el peligro de muerte en que están.


Juegan de la forma más inocente con su cuerpo, un cuerpo que se proyecta en el espejo como algo insoportable, que aterroriza y que hay que castigar. Un cuerpo que engorda sin alimento. Esta distorsión en la imagen simboliza un malestar, una imagen que se soltó del cuerpo y que no corresponde a la realidad. Una imagen que devuelve un dolor, de algo que no se amarró en los primeros años. Una imagen que carece de narcisismo (amor propio), de seguridad y autoestima. Una imagen que no las representa, que no genera placer, que las hace sentirse mal.

El espejo devuelve una imagen de un cuerpo que no encaja con el ideal de un cuerpo delgado. El cuerpo delgado sustituye un vacío, una ausencia.

Algunos indicadores podrían ponernos en aviso de que algo no está bien: presencia de ansiedad alrrededor de la comida, tristeza, soledad, dificultad para hacer lazo social, miedo a verse en el espejo o a pesarse, contar calorías todo el tiempo o esconderse a las horas de comer (atracones), hacer ejercicio excesivo. El tema de la alimentación se convierte en obsesión y esta obsesión se instala para mortificar en forma de delirio verbal... hay una voz que no se cansa de recordar lo malo que es comer, el peso que se gana, la gordura que amenaza, los kilos que hacen daño, los carbohidratos…


La pérdida de nutrientes se transforma en una pérdida de grasa en el cuerpo y por consiguiente la menstruación no vuelve. La delgadez desaparece los rasgos sexuales femeninos y el cansancio hace su aparición como persistentes desmayos.

Quienes se angustian con estos cambios en el cuerpo son las personas cercanas, especialmente la familia y no la chica que sufre de anorexia. Los padres se desesperan porque la impotencia de poder ayudarlas los llena de frustración e impotencia.


Lo mejor es buscar ayuda psicológica, buscar un tercero que haga de intermediario, que escuche el dolor que ese cuerpo emana y pueda ayudar a los padres a entender la situación.

La escucha y la circulación de la palabra desde el psicoanálisis permiten construir una identificación nueva, una re-construcción de la subjetividad a partir del trabajo con la imagen, un nuevo espejo. Es lo que se llama suplencia o compensación identificatoria imaginaria[4] y lo propongo a partir del arte y la creatividad. Esta opción permite que los sujetos se puedan sostener como sujetos a partir de la nominación, de poder construir un nombre propio, un proyecto de vida.

Se suple algo que no estuvo, algo que faltó y que podrá ser re-significado desde un lugar simbólico que les permite conectarse con su deseo y vivir su propia subjetividad, permitiéndoles tener una re-inserción personal y social sin tanto dolor.


[1] Son mujeres en su mayoría las que acuden a la consulta a pedir ayuda. [2] O cualquier adulto que ejerció la función materna o paterna. [3] Los dones son regalos que la Madre da cuando da la alimentación: amor, palabras, placer, risas, cantos, deseo, mirada y escucha entre otros y se convierten en significantes que facilitan las identificaciones. [4] Es la operación que se da para que funcionen las identificaciones que no se dieron.