LA CANCHA DE FÚTBOL

Escrito por Etty Kaufmann Kappari


Esta pintura de una cancha de fútbol la hizo un niño de diez años de una escuela pública del caribe costarricense (antes de la pandemia).


- Doña Etty, “¡es la primera vez en la vida que pinto y vea lo bien que me quedó! Es la cancha de allá, véala”, - el niño brincaba sin parar.

- ¡Te quedó increíble, te felicito!, le respondí.

- ¿Puedo pintar más?, me suplicó.


Se fue feliz con otro lienzo y yo me quedé con una sonrisa marcada en el cachete.


En el acto de pintar, el niño se hizo autor artístico de una idea. No solo descubrió que podía concretar su cancha en un lienzo, sino que además podía llevársela consigo a donde quisiera.


El niño estaba tan feliz que se fue de pupitre en pupitre para enseñar su cancha. Y al acercarse a otros pupitres con su obra de arte en la mano, descubrió que sus amigas y amigos también se habían convertido en artistas.


En una clase de 30 estudiantes de pronto teníamos 30 artistas que pensaban en algo y lo plasmaban en el lienzo.


La pintura les abrió una puerta para decir cosas de sí. Cada niña y cada niño compartió un pedazo de su vida. Se conocieron un poquito más, pero a colores.


Con esa cancha de fútbol, además, hablaron de geometría, de proporciones, de estadísticas, de geografía, de música y por supuesto de deportes. Escribieron historias, clasificaron oraciones, distinguieron sujeto de predicado.


Cerca de la portería norte se ve la firma del niño-autor, apenas cinco letras: Lester. Y, sin embargo, un mundo.


Con los colores y las letras, Lester viajó hacia lo más profundo y sincero de su ser, nos compartió una de sus pasiones.


Así es el arte, así también la escritura. Imágenes, olores, eventos de nuestra historia pasada y actual quedan plasmadas en el papel como ¿respuestas provisionales? ¿Como versiones alternativas? ¿Como aquellos juegos de pistas y acertijos que nos llevaban a encontrar algún tesoro en la infancia? Juegos que enlazan, sanan y posibilitan.


En el proceso creativo ordenamos y organizamos ideas, las comunicamos, las repetimos, pero sobre todo las reescribimos, como nuestra historia para sanarla.

También aprendemos a tener paciencia, a perseverar, a practicar, a insistir, a repetir, a buscar siempre de manera distinta.


El lienzo pintado tiene otra potencia adicional: es un objeto concreto. Es evidencia de lo que puede el niño o la niña. Se lo puede ver y tocar, se lo puede mostrar o desechar. Se puede pintar encima y hacer de él un palimpsesto. La obra terminada y concreta es una marca en la memoria, un acontecimiento, un hito que da sentido, una marca de autor.


La pintura, la escritura, la música, el arte tienen esa potencia.


Gracias Lester por enseñarnos que a veces solo son necesarias una hoja de papel y unos colores para abrir el mundo y acercarnos.



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