RESONANCIAS DE PANDEMIA

Hoy en día vivimos un absurdo, vivimos la encarnación de una realidad siniestra que era impensable. Que la vida social esté prohibida, restringida, confinada al propio hogar, si es que todos pueden llamarlo así, 'hogar' ... Que voluntariamente aceptemos resguardarnos cada uno en su casa y que eso esté bien, que sea lo correcto por el bien social y por el cuidado de los más vulnerables. No se niega ni se desmiente la ¿importancia? de la medida tomada, pero desde adentro día a día me surge un 'para qué?'... ¿Cuál es el sentido de esto…? Aplanar una curva... Si, claro... Pero, ¿y luego que... ? Esta reacción, que como pensamiento es un absurdo, encerrarnos indefinidamente, abre un paradigma... Porque ¿quién dice que esto se supere y sea la última? ¿Cómo se reformula el entorno luego de lo vivido, cómo se entrelazan nuevamente los lazos luego de esta ruptura, de este corte abrupto en nuestra cotidianeidad? ¿cómo quedará reconfigurado nuestro hacer, nuestro pensar, nuestro sentir después de esto…? Recuerdo hace años el pensar en cómo impactaría en la subjetividad el hecho de que muchos niños crecieran conectados a pantallas, comunicándose virtualmente… y esa pregunta se me abre al infinito hoy…

Me siento a escribir estas palabras como un intento de ordenar, de ubicar… un sinfín de preguntas que se me abren en el día a día…escribo en un intento de ordenar algo de un real que nos descoloca. Escribo en un intento de ordenar pensamientos, ideas, enigmas, preguntas, incertidumbres, y una gran sensación de inestabilidad y hastío frente a un cronos que se vive como eterno, interminable y a la vez fugaz. Escribo con la intención de entender aquello que se mueve en mi, y que oscila entre un día a día que sigue, pero recluido y una sensación de que todo pasará… y que algo diferente puede gestarse...

No puedo más que pensar en la fragilidad de nuestra existencia, la vulnerabilidad... Y los velos que hemos construido con años y años para sostener la ilusión de poder, de fuerza y de autonomía... Velos que se caen ante un microorganismo…. Ante un bichito ínfimo… años, siglos de construcción de teorías y estrategias, blindados, muros, cárceles para entender o encarcelar a aquello que nos amenaza y, fronteras para demarcar aquello que somos y lo que es ajeno, y de repente lo más insignificante vuelve nuestra vida en un estado de excepción… aquel enemigo no es encarcelable, ni predecible, y la solución es la restricción, el confinamiento. Es paradójico… el peligro no es encerrable, el peligro está ahí afuera…


Por lo tanto, en un estado que no se nombra como terror, el terror de una guerra que nos tendría a todos encerrados… pero nuestra situación estructuralmente abraza esa lógica, nos encerramos para protegernos, y continuar la ilusión de una cotidianeidad inundada de actividades condensadas y superpuestas, intentando hacer de los roles que se distribuían en varias personas, compartiendo mucho más tiempo y a la vez, encerrados… muchos encerrados en miedos que no se dicen, incertidumbres que se transitan día a día, inseguridades y ansiedades que sólo cada quien puede nombrar…

La crudeza de la realidad es una cachetada fuerte, que descoloca y nos ubica... ¿Nos ubica?... Será? ¿A quienes ubicará....? ¿Con respecto a qué?

Y lo enigmático es la temporalidad... Que es incierta, que es un enigma por que se enfrenta un enemigo silencioso.... Porque se combate algo invisible... Y no se sabe ni siquiera cómo combatirlo. Abre un sinfin de dudas y preguntas… y bienvenidas las preguntas ante la sensación de dominio y control que teniamos...

Parecería como si la huida es la única salida por ahora. Huir cada uno a su hogar, o donde quedó, o donde se puede, con el abanico infinito e infernal de opciones que es puede implicar.... Tener esta amenaza invisible.... a nuestro alrededor es muy fuerte, genera paranoia, genera miedo, desconfianza.

El otro, anhelado, porque queremos ese abrazo que no nos podemos dar, es alguien de quien desconfiamos. Podríamos cruzarnos con aquel que anhelamos abrazar en el supermercado y no saber si hacerlo o no... lo invisible se anuda a cualquiera… la inseguridad frente a los hábitos del otro nos hace cuestionar los encuentros más cercanos...

La calle genera desconfianza y millones de rituales de limpieza, desinfección y asepsia... La calle es el ámbito público, el el lugar de la mayoría de nuestras transacciones, nuestro lazo, el encuentro fortuito, la salida planeada.... El salir de nuestro ámbito privado es alteridad. Es exogamia. Es encontrarse con algo más allá de uno mismo, y ello se encuentra en pausa. Lo virtual reemplazo ese espacio hoy. Y gracias a que lo virtual existe, con toda su realidad, que de ficticio no tiene nada... Hoy ponemos a prueba todos los trabajos, re formulamos proyectos, re pensamos las lógicas para mutar a una modalidad en línea... ¿Y eso? ¿Cuánto puede lograrse a distancia corporal mediados por tecnología y redes? Mucho ya estaba diseñado para ese medio... Pero, ¿el ámbito social? ¿La contención en angustia? ¿Los que trabajan en la calle? ¿El encuentro fortuito? ¿La salida planeada? Hoy leía en un posteo cual puede ser el impacto del corte en ese lazo social y no deja de resonarme en su crudeza, ¿cuánto tiempo podemos vivir en aislamiento? Cada cual tiene sus estrategias, sus vías de catarsis, sus escapes y sus maneras de lidiar con todas estas emociones, pero hay algo que se va erosionando en esta gota que cae y una a una moldea el cántaro...

Ya es escalofriante el pensar el encierro... sin nombrar el impacto en el área productiva laboral... Las manos en la masa de una actividad que puede reconfortar, plenificar o dar el pan... Pero que es lugar de encuentro con los otros, mis compas, mis pares... ¿Cómo pensar una modalidad de vida entroncada en lo virtual...? ¿En el encierro? En un solipsismo extremo e híper conectado, hiper informado, excesivamente encerrado... ¿cuánto de todo eso que envuelve nuestra escena, nuestra realidad, corporal puede mutar a lo virtual? Hemos pasado las sesiones a una modalidad online, los cursos, las clases, las reuniones… pero qué hay del resto del cuerpo que no puede tramitarse por esa vía… ¿dónde lo ubicamos?

Todo esto, nuestra vida social, pasa a estar recluida en un entorno impermeablemente privado... Nuestra casa. El lugar que antes era el volver al descanso, ahora es el búnker desde donde uno se sostiene en esta vigilia, en esta espera que se asemeja a un eterno retorno... A volver a empezar día a día, sin claridad de cómo se sale de esto ni cuando… y las ventanas de esta casa se abren en los constantes intercambios que tenemos, virtuales, que nos permiten acompañarnos y entretejernos desde este distanciamiento social. Una trama que se gesta con nuevos hilos, los hilos atravesados por una realidad que a todos nos ubica en un lugar diferente, y que, sin duda, puede permitir pensar un entramado social diferente...

Y, aún así, nos sostenemos en la promesa de ese encuentro postergado, de ese abrazo anhelado, de esas clases llenas y esas charlas acompañadas de vino, cerveza o mate… Ese porvenir deseado que nos permite sostenernos en la incertidumbre, en la noche oscura… sea cual sea la re configuración que logremos tramitar de este proceso que transitamos como humanidad… intentando darle sentido, encontrar aquello que nos hace bien, nos sostiene y nos permite recuperarnos como personas, como sujetos, en el medio de este caos, esta realidad que nos avasalla. La gran tarea es ordenarnos en este desorden, sostenernos en la incertidumbre y buscar nuestra salida, nuestro lugar, nuestra casa en medio de la casa de cuatro paredes… y que quizás si es una casa que encuentra eco en el otro, en estas nuevas formas de solidaridad que pueden generarse… acuerpándonos.

Patricia Calvo

(Escrito en proceso de algo - con ecos de amigos que lo comentaron )

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