Violencia colegial post pandémica

Escrito por Etty Kaufmann

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Saúl y yo salimos todas las mañanas de la casa con la mochila a reventar. Es que nos da miedo dejar algo porque hay una profe que es muy regañona. Siempre nos sale con esa frase que nos hace temblar... “venga para ponerle una boleta”. Y la mayoría de las veces ni siquiera pregunta, va directo a la boleta. Viera que feo me siento porque todo mundo se me queda mirando... es de esos momentos en los que uno, lo único que quiere en la vida, es que se lo trague la tierra.


Hay otro profe que también pone bastantes boletas. Una pereza. Es una maña rara porque sería mejor si nos preguntaran. Por ejemplo, el otro día fui al cole en jeans porque los pantalones del cole no se secaron a tiempo. Mami no me hizo la justificación porque salió temprano y no se dio cuenta. Y en el cole yo siento que no tengo quien me defienda. Me siento siempre en peligro de una boleta, de una amenaza (“voy a citar a su papá”) o de una zancadilla. El cole es terreno peligroso. El otro día dos estudiantes se agarraron a golpes y ningún profe se dio cuenta.

¿Se imagina qué chiva sería ponerles boletas a los profes? Jajaja, eso estaría buenísimo. “Venga para ponerle la boleta”, jajaja.


La cosa es que después de dos años de pandemia, fue muy dura la entrada al cole. Ese día hicieron un acto en el gimnasio y el director presentó a los profes. Hubo algunos nombres que no pesqué. Luego fuimos a un aula con la profe guía, nos presentamos, hicimos unos juegos y de pronto nos mandaron para la casa.


Al día siguiente llegué al cole sin saber cuál era el aula que me tocaba porque las puertas no tienen números. Había que adivinar. Usted calcule, la última vez que fui a clases fue en cuarto grado y ahí solo teníamos dos maestras. Ahora en sétimo son como quince profes y cada uno tiene su aula. Nadie nos explicó nada, no nos dieron tour por el cole, ni nada. Como que dan por sentado que uno nace aprendido. Viera qué sensación más fea. Muy feo. Por suerte yo me apoyo todo el tiempo en Saúl. O sea, yo no sé qué haría solo.

Esa semana conocí a todos los profes y todos nos dieron el mismo discurso: que este año teníamos que aprovecharlo porque íbamos muy atrasados, que había que reponer materia, que esperaban que nos comportáramos para no perder tiempo, que teníamos que trabajar en la casa y cumplir con todos los trabajos. Que por favor ayudáramos haciendo silencio.


Eso me tenía tenso, porque diay, en pandemia, esos dos años, sinceramente, yo no hice nada. Y le confieso que cuando escucho a los profes diciendo que hay que reponer todo, a mí me entra algo feo... una debilidad porque, además yo nunca he sido buen alumno. Siempre paso raspando. Entonces, no creo que vaya a poder. Me empiezo a sentir tonto... diay, yo soy un poco más lento que otros; tal vez no sirvo para los estudios, como dice mi tata. Si la cosa se pone así de complicada, mejor me salgo y ya... pero Saúl me termina convenciendo de que mejor no, que me quede.


En el fondo, no quiero salirme del cole y menos después de dos años metido en la casa. Sinceramente, mami jode bastante, entonces no paraba de mandarme: que vaya usted para allá, venga para acá, que limpie su cuarto, que tienda su cama, que ayude a su hermana, que acompañe a su abuelita, que deje ese teléfono, que apague la música. Tuve una avalancha de mami esos dos años. Yo empecé a sentir que me asfixiaba, me faltaba el aire, pero no del Covid sino del ataque de pánico. Luego llegaba papi y ya se ponía a regañar también y fajazo para arriba y fajazo para abajo. Por todo. Estaba en un callejón sin salida.


Incluso, como a media pandemia me llevaron al psiquiatra porque me vieron deprimido y también por lo de Saúl, porque Saúl había vuelto a aparecer.


En pandemia ya ni me levantaba. Dormía, jugaba play, comía, dormía, conectaba la compu para escuchar alguna clase y me volvía a dormir. Como que nada tenía sentido.


Cuando dijeron que regresábamos a clase yo me emocioné, pero ahora, la verdad ya no tanto. Ahora que volvimos, entre las boletas, las regañadas, copiar y copiar en clases y las amenazas de los maes de décimo, la verdad es que ya no sé qué decirle. Hay demasiada tensión por todos lados.


Unos compañeros destrozaron dos excusados del baño de mujeres, y yo les pregunté... ¿por qué hicieron eso? y ¿sabe qué me contestaron? “Para qué excusados si no ponen papel higiénico.”


El cole es un lugar muy raro. Somos mayoría pero nos tratan como minoría.


O sea, si nos preguntaran, si nos dieran la oportunidad de decir lo que nos engancha, cómo vemos las cosas, tal vez sería más fácil. Pero en el cole eso rara vez pasa. Como si no nos vieran. Como si fuéramos invisibles. Y eso crea muchos problemas. A nadie le gusta ser invisible.


Por eso yo me refugio en Saúl... hasta los profes murmuran detrás de mí. Dicen que hablo solo. Se equivocan. Es con Saúl con quien hablo, si no fuera por Saúl, quién sabe qué sería de mí...


  • ¿A usted le gustaría estar en mi lugar?

  • No, la verdad que no.

¿Qué es la violencia colegial?

Hoy se criminaliza al estudiantado, pero no se comprende que sus violencias son una respuesta a las violencias que reciben de un sistema que les excluye. La violencia surge como respuesta ante una situación que se vive como injusta. La violencia es como un llamado de atención que debemos descifrar.


¿Qué hacer?


Nunca voy a olvidar lo que me contó un profe que conocí en el cole nocturno Carlos Meléndez en Guararí. Él planteaba que lo primero que uno debe hacer es esperar a sus estudiantes en la puerta, recibirlos con un saludo, darles la bienvenida. Lo segundo, proponerles un objetivo común:


Apoyarse unos a otros para que nadie se salga del cole. Si alguien se encuentra en riesgo por alguna razón, lo debe plantear al grupo para que entre todos se busque una solución.


El profe tomaba un minuto al inicio de sus clases para recordar la premisa. Fueron muchas las acciones que entre todos se aplicaron para conseguir que nadie se saliera. Un profe que apostó por la convivencia, por dar la palabra, la escucha y la posibilidad de que los mismos estudiantes fueran activos en su proceso colegial.


Tres sugerencias adicionales:

  • Necesitamos incluir estrategias de atención en salud mental: hay una cantidad importante de estudiantes que han vivido y siguen viviendo situaciones de violencia y riesgo social a diario que no les permite aprender e incluirse y que están en riesgo de quedar fuera del sistema educativo. Cada vez se ve más clara la necesidad de profesionales en psicología que acompañen y den seguimiento, no solamente a casos específicos, sino al trabajo grupal y de convivencia en los centros educativos.

  • Urge fortalecer los programas de arte, deporte y cultura que permiten que el estudiantado se exprese, descubra y centre su energía en la producción creativa. Está comprobado que el arte, el deporte y la cultura no solo fortalecen capacidades cognitivas, sino que promueven alegría y bienestar, las mejores armas para la prevención de la violencia.

  • Crear capacitaciones para docentes: tanto en las especificidades de la adolescencia como en metodologías grupales para el trabajo en el aula con estas poblaciones. No es lo mismo dar una clase a estudiantes de sétimo que están viviendo cambios abruptos (físicos, cognitivos y emocionales) que a estudiantes de undécimo que más bien ya están pensando en un trabajo futuro. Pensar cómo trabajar con cada grupo etario es fundamental.


Incluir al estudiantado de manera activa en su educación es un camino que está en construcción.