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Apostar por los vínculos: la comunidad como defensa de la democracia

Por Tatiana Blanco Sánchez



Una madre escucha con atención la historia que su hija le

cuenta al final del día. Una profesora permanece unos

minutos más después de clase para conversar con un

estudiante que atraviesa un momento difícil. Un grupo de

vecinos decide recuperar un parque que durante años

permaneció abandonado. Una comunidad se organiza para

apoyar a una familia que ha perdido su hogar.

A primera vista, son escenas sencillas. No aparecen en los

medios de prensa ni suelen considerarse acontecimientos

políticos. Sin embargo, en cada una de ellas ocurre algo

extraordinario: se construye un vínculo. Y allí donde un

vínculo se fortalece, también comienza a construirse una

comunidad.

Vivimos en una época en la que resulta paradójicamente

más fácil comunicarnos y más difícil encontrarnos. Nunca

habíamos tenido tantas herramientas para estar conectados

y, sin embargo, pocas veces la soledad, la desconfianza y

la polarización habían ocupado un lugar tan visible en la

conversación pública. Pareciera que aprendimos a

intercambiar información con enorme rapidez, peroestamos perdiendo la capacidad de escucharnos, de

sostener desacuerdos sin romper relaciones y de

reconocernos como parte de un mismo mundo.

Con frecuencia pensamos que los vínculos pertenecen

exclusivamente al ámbito privado: la familia, la amistad o

la pareja. Sin embargo, esta mirada resulta insuficiente.

Los vínculos también sostienen la escuela, los barrios, las

organizaciones sociales, las instituciones públicas y, en

última instancia, la democracia. Allí donde las personas

dejan de confiar unas en otras, donde desaparecen los

espacios de encuentro y donde el diálogo es sustituido por

el miedo o la descalificación, el tejido social comienza a

desgastarse. Ese deterioro no solo afecta la vida

emocional de las personas; también debilita la capacidad

de una sociedad para resolver sus conflictos de manera

democrática.

Esta propuesta atraviesa la obra de tres pensadores que

trataré de articular por acá; Sigmund Freud, Jacques

Lacan y Hannah Arendt. Aunque proceden de tradiciones

distintas, los tres coinciden en una afirmación esencial: el

ser humano no se comprende aislado. La identidad, el

deseo y la acción política solo pueden entenderse a partir

de la relación con los otros.

Freud afirmó que «la psicología individual es, desde un

principio, simultáneamente psicología social». Con esta

idea cuestionó la imagen del individuo autosuficiente.Desde el inicio de la vida somos constituidos por la

mirada, el cuidado y la palabra de quienes nos rodean.

Nuestra identidad no nace en la soledad; nace en el

vínculo.

Lacan profundizó esta intuición al sostener que «el deseo

del hombre es el deseo del Otro». Hoy podemos decirlo

de una perspectiva más consciente de la desigualdad de

género, pero “el deseo de una persona es el deseo del

Otro”. El otro no representa simplemente alguien con

quien convivimos, sino la condición misma de nuestra

existencia como sujetos. Aprendemos a hablar gracias a

otros, construimos nuestros deseos a partir de otros y

encontramos sentido a nuestra historia mediante los

relatos compartidos. Incluso aquello que creemos más

íntimo está atravesado por la cultura y el lenguaje.

Estas ideas dialogan profundamente con Hannah Arendt.

Para ella, la política no comienza en los parlamentos ni en

las campañas electorales. Comienza cuando las personas

aparecen unas ante otras mediante la palabra y la acción,

construyendo un mundo común. Ese mundo existe porque

somos plurales, porque nadie puede ocupar el lugar del

otro y porque cada persona aporta una perspectiva

irrepetible. La democracia no consiste únicamente en

votar; consiste, sobre todo, en sostener espacios donde esa

pluralidad pueda expresarse sin convertirse en enemistad.Arendt desarrolló un concepto especialmente

esperanzador: la natalidad. Mientras gran parte de la

filosofía había pensado la condición humana desde la

muerte, ella propuso pensarla desde el nacimiento. Cada

ser humano que llega al mundo trae consigo la posibilidad

de comenzar algo nuevo. Esa capacidad de iniciar

constituye el fundamento de la libertad política.

Si llevamos esta idea al terreno de los vínculos,

descubrimos algo extraordinario: cada encuentro

auténtico también inaugura un comienzo. Cada

conversación que recupera la confianza, cada acto de

solidaridad, cada proyecto compartido y cada comunidad

que decide organizarse para cuidar de sus miembros

representan una forma de natalidad política. No

transforman únicamente la vida de quienes participan en

ellos; renuevan el mundo común.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente para la

realidad costarricense. Como ha señalado en los días

pasados en un artículo de CR Hoy, la criminóloga Tania

Molina al analizar la importante captura de un reconocido

líder criminal, el éxito de una operación policial no basta

para desarticular las estructuras que sostienen la violencia.

Cuando una organización criminal logra ocupar espacios

de pertenencia, protección o autoridad que la comunidad,

es porque El Estado ha dejado vacíos, entonces se

produce como ella lo acuña un estado de gobernaza

criminal extendida, podemos ver como el problema dejade ser exclusivamente de seguridad pública. Se convierte

en un problema de vínculos.

Esta observación permite comprender que el

fortalecimiento del tejido social no constituye una tarea

secundaria frente a las políticas de seguridad, sino una

condición para su eficacia. Las comunidades donde

existen confianza, participación, redes de apoyo y

presencia institucional generan mayores capacidades para

resistir tanto la violencia organizada como las promesas

autoritarias que se alimentan del miedo y de la

fragmentación.

No se trata de afirmar que unos buenos vínculos, por sí

solos, impedirán el crimen o el autoritarismo. Ambos

fenómenos tienen causas múltiples: económicas,

institucionales, culturales e históricas. Pero sí es posible

sostener que una sociedad con comunidades fuertes

dispone de mejores herramientas para enfrentarlos. Allí

donde las personas se reconocen como responsables unas

de otras, resulta más difícil que prosperen discursos que

reducen al otro a un enemigo o que ofrecen obediencia

como sustituto de la libertad.

Quizá por eso el desafío de nuestro tiempo no consista

únicamente en fortalecer las instituciones democráticas,

sino en reconstruir las relaciones humanas que les dan

sentido. Una democracia no vive solo en su Constitución

ni en sus tribunales. Vive en la confianza entre vecinos, enla escuela que enseña a dialogar, en la familia que aprende

a escuchar, en las organizaciones que crean solidaridad y

en los ciudadanos que descubren que cuidar del otro

también significa cuidar del mundo que comparten.

La democracia comienza mucho antes de depositar un

voto. Comienza cuando alguien decide escuchar antes que

descalificar, comprender antes que etiquetar, cooperar

antes que excluir y construir antes que imponer.

Comienza cuando comprendemos que la libertad nunca es

una conquista exclusivamente individual, sino una obra

colectiva.

Apostar por los vínculos no es una invitación a idealizar

las relaciones humanas ni a desconocer los conflictos que

atraviesan toda convivencia. Es reconocer que el conflicto

puede tramitarse sin destruir al otro y que la diferencia

puede convertirse en una fuente de creatividad política.

Freud nos enseñó que la vida psíquica es también vida

social; Lacan mostró que el sujeto necesita del Otro para

constituirse; Arendt recordó que cada nuevo comienzo

depende de nuestra capacidad de actuar juntos. Leídas en

conjunto, estas ideas nos invitan a una convicción sencilla

y profunda: cuidar los vínculos es cuidar la democracia.

Porque cada vez que una comunidad recupera la

confianza, cada vez que dos personas vuelven a

encontrarse en la palabra y cada vez que alguien decide

tender un puente donde otros levantan un muro, nace laposibilidad de un mundo nuevo. Y quizá esa sea la tarea

política más urgente de nuestro tiempo y la más retadora.


Referencias

Arendt, H. (2006). Los orígenes del totalitarismo. Taurus.

(Trabajo original publicado en 1951).

Arendt, H. (2009). La condición humana. Paidós. (Trabajo

original publicado en 1958).

Freud, S. (1992). Psicología de las masas y análisis del yo

(J. L. Etcheverry, Trad.). En Obras completas (Vol. 18).

Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1921).

Freud, S. (1992). El malestar en la cultura (J. L. Etcheverry,

Trad.). En Obras completas (Vol. 21). Amorrortu Editores.

(Trabajo original publicado en 1930).

Lacan, J. (2009). Escritos 2. Siglo XXI Editores.

Lacan, J. (2008). El seminario. Libro 11: Los cuatro

conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.

Molina, T. (2026). La captura del Diablo: más allá del

titular. CRHoy.


 
 
 

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