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Hipermodernidad y exposición: entre la imagen y el vacío.

Sep 8
4 min read

-Escrito por Roberto Vargas

(Extracto)

La hipermodernidad no se define únicamente por la aceleración tecnológica, sino por una transformación más profunda de las formas de construir identidad, reconocimiento y lazo social. La vida cotidiana aparece atravesada por la inmediatez, la estetización y una exigencia constante de visibilidad. Bajo estas condiciones, existir socialmente parece depender cada vez más de mostrarse, actualizarse y producir una imagen capaz de atraer la mirada de los otros.

 

Lipovetsky describe la hipermodernidad como una intensificación del individualismo, el consumo y la búsqueda permanente de novedad. El presente adquiere supremacía sobre cualquier proyecto duradero, mientras el sujeto se convierte en gestor de sí mismo y responsable de producir su propio valor (Lipovetsky, Charles & Moya, 2006). Las redes sociales llevan esta lógica a un punto especialmente visible: el perfil personal funciona como un portafolio estético, la intimidad se vuelve contenido y la identidad adopta la forma de una marca que debe mantenerse activa, coherente y atractiva.

 

Byung-Chul Han permite comprender que esta exposición no constituye simplemente una elección individual. La transparencia se ha convertido en un mandato que impulsa a comunicar, revelar y hacer evaluable cada dimensión de la existencia. Aquello que permanece oculto, silencioso o improductivo corre el riesgo de ser considerado irrelevante. La transparencia reduce la distancia necesaria para que exista alteridad y transforma los vínculos en intercambios cuantificables: seguidores, reacciones, comentarios y niveles de alcance (Han, 2013).

 

Este régimen no necesita imponerse exclusivamente desde afuera. El sujeto interioriza la vigilancia y se convierte simultáneamente en empresario, producto y supervisor de sí mismo. Se observa, se compara y procura optimizarse de manera continua. La autoexplotación resultante explica parte del cansancio contemporáneo: ya no se trata solo de obedecer una prohibición externa, sino de responder a la exigencia ilimitada de poder hacer más, rendir más y permanecer visible (Han, 2024).

 

Berardi inscribe este fenómeno en el semiocapitalismo, un sistema que extrae valor de los signos, la sensibilidad y la atención. La exposición no produce únicamente reconocimiento: también alimenta una economía que necesita capturar la mirada, fragmentar el tiempo y acelerar la circulación de estímulos. El flujo incesante de contenidos debilita la atención sostenida y dificulta la construcción de narrativas personales y colectivas de largo plazo (Berardi, 2003). Malabou añade que la subjetividad posee una condición plástica: puede recibir formas y transformarse, pero también puede resultar modificada de manera destructiva. La adaptación permanente a formatos, tendencias y demandas algorítmicas convierte la flexibilidad en vulnerabilidad identitaria (Malabou, 2022).

 

Sin embargo, estas perspectivas socioculturales no explican por sí solas por qué la exposición conserva su fuerza incluso cuando genera agotamiento, ansiedad o insatisfacción. Para ello es necesario introducir la lectura psicoanalítica.

En Introducción al narcisismo, Freud examina la inversión libidinal en el yo y su relación con los objetos. Esta economía permite pensar la curaduría contemporánea de la imagen como una intensa inversión en un yo que debe ser presentado, confirmado y renovado ante los demás (Freud, 1914/2006). La aprobación digital funciona como una satisfacción breve: ofrece una señal de reconocimiento, pero no estabiliza definitivamente la valoración de sí. Precisamente por su carácter efímero, exige nuevas publicaciones y nuevas confirmaciones. La exposición se vuelve así un circuito repetitivo en el cual el reconocimiento obtenido nunca parece suficiente.

 

Lacan profundiza esta problemática al señalar que el yo se constituye mediante una identificación con la imagen. En el estadio del espejo, la imagen ofrece una apariencia de unidad allí donde el sujeto permanece estructuralmente dividido. La plataforma digital radicaliza esta tensión: permite construir una imagen aparentemente coherente, pero hace depender su valor de la mirada de un Otro convertido en audiencia, algoritmo y métrica.

 

Los likes no representan simplemente aprobación. Funcionan como signos mediante los cuales el sujeto intenta descifrar qué lugar ocupa para el Otro. No obstante, este Otro cuantificado no ofrece una respuesta estable: su reconocimiento es fluctuante, impersonal y potencialmente ilimitado. De este modo, la visibilidad promete reparar la incertidumbre subjetiva, pero termina exponiéndola. Cada publicación procura obtener una respuesta y, al mismo tiempo, confirma que ninguna respuesta puede clausurar definitivamente la pregunta por el propio valor.

 

Aquí se encuentra el vínculo entre la imagen y el vacío. La exposición puede operar como defensa frente a la falta, ofreciendo pruebas momentáneas de existencia y pertenencia. Pero cuanto más se intenta cubrir esa falta mediante una imagen completa, más evidente puede hacerse la imposibilidad de conseguirlo. Desde Lacan, la repetición no persiste únicamente por la búsqueda de placer, sino porque queda capturada en un circuito de goce: una satisfacción paradójica que empuja al sujeto a repetir incluso aquello que también le produce malestar (Lacan, 2001).

 

La perspectiva de Silvia Bleichmar permite evitar que estos fenómenos sean reducidos a patologías individuales. Las formas de sufrimiento se producen en el encuentro entre la constitución psíquica y las condiciones históricas de subjetivación. La realidad social ofrece —o restringe— espacios donde la experiencia puede inscribirse, adquirir sentido y transformarse (Bleichmar, 1999). Por eso, la clínica contemporánea debe interrogar no solo el uso personal de las redes, sino las condiciones culturales que convierten la exposición en requisito de reconocimiento.

 

El anudamiento entre estos autores muestra que la hipermodernidad no crea el narcisismo ni la falta constitutiva, pero sí ofrece dispositivos específicos para administrarlos y explotarlos. La estetización del yo, la transparencia obligatoria y la economía de la atención convierten la imagen en una promesa de consistencia. Sin embargo, la imagen no elimina la división subjetiva ni sustituye la alteridad del vínculo. La paradoja de nuestro tiempo podría formularse así: nunca habíamos dispuesto de tantos medios para hacernos visibles y, aun así, la visibilidad parece cada vez menos capaz de hacernos sentir reconocidos.

 

Referencias

 

Berardi, F. (2003). La fábrica de la infelicidad: Nuevas formas de trabajo y movimiento global. Traficantes de Sueños.

 

Bleichmar, S. (1999). Entre la producción de subjetividad y la constitución del psiquismo. Revista del Ateneo Psicoanalítico, 2, 41–59.

 

Freud, S. (1914/2006). Introducción del narcisismo (J. L. Etcheverry, trad.). En Obras completas (vol. XIV, pp. 65–98). Amorrortu Editores.

 

Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia (R. Gabás, trad.). Herder.

 

Han, B.-C. (2024). La sociedad del cansancio (4.ª ed.). Herder.

 

Lacan, J. (2001). El seminario, libro X: La angustia. Paidós.

 

Lipovetsky, G., Charles, S., & Moya, A. P. (2006). Los tiempos hipermodernos. Anagrama.

 

Malabou, C. (2022). Ontología del accidente: Ensayo sobre la plasticidad destructiva. Pólvora Editorial.

 
 
 

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