Crecer duele, envejecer también
Updated: Oct 26
Etty Kaufmann
Nadie nos enseñó a vivir en un cuerpo que duele.
Somos con los otros y somos cuerpo. Un cuerpo que a veces duele y nos recuerda que somos vulnerables.
Dolor de muelas, de cabeza, de rodillas, de espalda baja, de espalda alta. El raspón por la caída de la bicicleta. La torcedura de tobillo por ir viendo el celular y no la acera. Vas a revisar el queque que estás horneando, te quemas, metes la mano en agua fría y el ardor se calma. Estás cortando cebolla, las lágrimas no te dejan ver, te cortas el dedo, brota la sangre, aprietas para que deje de salir y corres por una curita. Y duele. O te da gripe, solo quieres sentirte mejor y sientes que tu cuerpo tiene vida propia.
Pero hay otros dolores, los que acompañan cada etapa de la vida.
Cuando eres niña, sientes los dolores de crecimiento. Luego llega la pubertad y empiezan a pasar cosas que no entiendes ni puedes controlar. Sientes las miradas. Y duele perder tantas cosas al mismo tiempo: el cuerpo de tu infancia y el cobijo de tus adultos.
Después, quizás, te toque repetir la historia de tu madre. Ya adulta, quedas embarazada y tu cuerpo deja de ser solo tuyo: es también de otro ser que está creciendo dentro de ti. Te miras al espejo y ves tus senos más grandes, pesados, que arquean tu espalda hacia delante. La panza crece y por las mañanas llegan las náuseas: tienes que salir a trabajar, pero antes tienes que vomitar. Ya no encuentras posición para dormir; ninguna te sirve.
Y la bebé se mueve dentro. La puedes sentir, y es raro y bonito a la vez. Pero cuando no se mueve, te da miedo y quieres que te dé señales de vida. La ropa de siempre ya no te queda, y nunca volverá a quedarte. Ni siquiera los zapatos, porque los pies crecen. Hasta la nariz se hace más grande.
Luego te preparas para el parto y te preguntas cómo hace un bebé para salir por un agujero tan pequeño. Y duele. Duele. También duele dar de mamar al principio, pero eso nadie te lo dice. Piensas que, si ese dolor no se quita, no podrás cumplir con el mandato de amamantar.
Y de pronto está en tus brazos. La ves tan pequeña y te da miedo ser madre, porque su vida depende de ti.
Es mentira que la maternidad viene natural. Mentira. Si no hubiera sido por el acompañamiento de Janice, de Jéssica y de Ana mientras mi panza crecía y yo aprendía qué era eso de ser madre, creo que todo habría sido más difícil.
Hay dolores que no se ven en el cuerpo, pero se sienten igual.
Tu hija empieza a ir al kínder, se cae, se raspa, y un día llega con un morete en la quijada porque el columpio la botó. Y te duele. Te da miedo. Y crece.
Tú también creces con tus hijos. Van a la escuela, y duele en el corazón que saquen notas bajas o que los maltraten, que les hagan bullying. Después se gradúan del colegio y sientes alivio, porque es una gran hazaña. ¡Sí! Terminar el cole es una muestra de persistencia, de trabajo y de esfuerzo: muchas horas sentados en el pupitre escuchando y siguiendo instrucciones, haciendo tareas, estudiando para los exámenes. Es mucho, y su graduación es un gran logro. Ojalá después estudien algo que les ayude a desarrollarse profesionalmente.
Y un día se van de la casa.
Se abre un espacio en el que ya no están, y te toma tiempo acomodarte. Ya no sabes qué hacer con el tiempo ni con el espacio.
Pasan los años y te vas haciendo vieja. Se asoman esas canas malcriadas, irreverentes, aunque bonitas, sobre todo si las tapas con tinte. ¿Y qué me dicen de las arrugas? Son como huellas digitales, orfebrería pura, esculpidas por la vida: por los deseos cumplidos, los fracasos llorados, los amores valientes, los caminos, los recuerdos, la risa y el llanto.
Mientras haya vida, seguimos. Ojalá con alegría y con el menor dolor posible. Si el dolor es físico, un analgésico. Si es emocional, a mí me sirve acudir a alguien cercano. Y si necesitas una voz profesional, en Communitas somos una red de psicoanalistas, psicólogos y psicólogas con disposición a escuchar y acompañar.
Crecer duele, envejecer también. Lo que sí podemos aprender es a no doler en soledad.

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