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Los vínculos y lo tóxico hoy

1 hour ago
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Patricia Calvo, autora "Los Vínculos y lo Tóxico Hoy"
Patricia Calvo, autora "Los Vínculos y lo Tóxico Hoy"

Patricia Calvo


Psicóloga, profesora y Licenciada en Filosofía. Ejerzo como psicóloga clínica desde 2015, y me he dedicado a la actividad docente por los últimos 20 años.En la actualidad laboro de modo parcial en Fimrc.org como psicóloga clínica de niños, adolescente y adultos.

Me dedico a la psicología clínica desde el enfoque psicoanalítico con adolescentes y adultos, parejas y familia. Desde el 2016 trabajo en la consulta privada en Guachipelin.













Quiero compartir algunos fragmentos de la escucha clínica en los que aparecen relatos de soledad, angustia, incertidumbre y dificultades para encontrarse con otros. Son historias distintas, pero en ellas parecen repetirse ciertas preguntas sobre nuestras formas actuales de relacionarnos. A veces da la impresión de que la brújula que antes nos orientaba en los vínculos se ha desmagnetizado y que, frente al otro, aparece una sensación de desorientación.


Una adolescente de 14 años cuenta que conversa todos los días con sus amigas por Snapchat, pero que, cuando las ve en el colegio, muchas veces ni siquiera la saludan. Siente que son sus amigas, aunque algo de ese vínculo parece desaparecer cuando están cara a cara. Hay conversación, pero no necesariamente encuentro.


También escuchamos a jóvenes adultos que pasan meses conversando por aplicaciones de citas, pero no logran concretar una salida. Juan dice: «Me aterra que me rechace». Adriana, por su parte, ha convertido su casa en una especie de refugio. Le cuesta salir y relacionarse con otras personas, pero encuentra alivio conversando diariamente con ChatGPT. Ella misma dice: «Tengo una relación tóxica con ChatGPT». Javier, en cambio, afirma: «Ya no quiero más mujeres tóxicas en mi vida».


Estos ejemplos no son iguales ni permiten generalizar sobre todas las personas o sobre la tecnología. Sin embargo, nos invitan a preguntarnos qué está pasando con nuestros vínculos. Tenemos muchas posibilidades de comunicarnos, pero no siempre resulta sencillo sostener un encuentro, poner el cuerpo o exponernos a lo imprevisible del otro. ¿Qué ocurre cuando vincularnos implica aceptar una diferencia, encontrarnos con que todos tenemos nuestras fallas… nuestras historias… y que no estamos excentos a los desencuentros?


Las redes sociales, las aplicaciones y los algoritmos forman parte de nuestra vida cotidiana. Organizan maneras de comunicarnos, mostrarnos y buscar reconocimiento. Nos ofrecen herramientas útiles y satisfacciones inmediatas, pero también pueden generar dependencia y malestar. Algo que comienza como una ayuda puede convertirse, poco a poco, en una dinámica de la que cuesta salir. Y también una manera de resguardarnos… protegernos… y evitar exponernos en el “cara a cara”.


Hay una autora, Clotilde Leguil, que propone pensar lo «tóxico» como un significante de nuestra época. Ya no usamos esta palabra únicamente para hablar de sustancias que envenenan; también la aplicamos a los vínculos, al lenguaje, a la sexualidad y a nuestra relación con el mundo. Decimos que una relación, una persona o incluso una aplicación es tóxica para nombrar algo que nos hace sufrir y que sentimos que nos perjudica.

Pero vale la pena detenernos en esa palabra: ¿qué intentamos nombrar cuando calificamos un vínculo de tóxico? ¿Qué nos hace permanecer allí o volver a esa relación? No se trata de negar el daño que puede producir el otro, sino de preguntarnos también qué lugar ocupamos nosotros en esos vínculos y qué aspectos de nuestra propia historia se ponen en juego.


Y más allá, podemos preguntarnos… ¿cómo llegamos a participar en nuestra propia intoxicación? Podemos pensar, por ejemplo, en las redes sociales. Compartimos información, buscamos reconocimiento y esperamos respuestas. Al mismo tiempo, producimos datos que los algoritmos utilizan para mostrarnos contenidos y mantenernos conectados. Algo parecido puede ocurrir con la inteligencia artificial: le hacemos preguntas, compartimos información y buscamos respuestas; incluso podemos encontrar allí cierta compañía. Y muchas veces no vivimos estas dinámicas como una imposición. Volvemos voluntariamente a aquello que nos mantiene conectados porque allí encontramos alguna satisfacción, aunque también aparezca el malestar. En este sentido, podemos preguntarnos por la servidumbre voluntaria: ¿hasta qué punto elegimos cómo usar estos dispositivos?, ¿cuándo dejamos de decidir y comenzamos a depender de ellos? La cuestión no es desconocer su utilidad, sino poder pensar qué lugar ocupan en nuestra vida y qué efectos tienen sobre nuestros vínculos.


Nombrar algo también nos permite pensar la importancia del límite. Cuando decimos que algo es tóxico, de alguna manera señalamos que algo se ha vuelto excesivo o invasivo. Nombrar ese malestar puede ser un primer paso para reconocerlo y tomar cierta distancia. Desde el psicoanálisis, poner en palabras aquello que nos afecta puede abrir la posibilidad de relacionarnos con eso de otra manera, entender cómo nos implica y ver qué queremos hacer con ello también. Nombrar las cosas es la manera de comenzar a elaborarlas…

 

 
 
 

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