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Ser padres y educar en una sexualidad sana

Escrito por Melania Agüero Echeverría


Partimos de que lo más adecuado para los niños es vivir en familia, rodeados de sus padres.  Es decir, que la primera educación es obra de ambos padres, lo que pareciera indispensable al menos en los primeros años de vida.  A estos patrones que se establecen se les conoce con el nombre  de crianza y es fundamental para el crecimiento integral del niño.  Es un acto amoroso de donación de tiempo y de disponibilidad, atravesado por mandatos, ideales, saberes y preceptos que van organizando la vida del pequeño. 

Aun cuando los padres no estén presentes, los niños llevan en su interior una idea de lo que es un padre y lo que es una madre nos dice François Dolto (1).  Se trata de una ley psicológica que apela con regularidad a la naturaleza humana.  Son arquetipos psicológicos (2) que van a influir en la psicología de cada niño.  Las familias pueden estar desmembradas, ser monoparentales, ser de “geometría variable” o que hayan sido sustituidas por una institución.  Lo importante es que el niño se sitúe entre una instancia paterna y una instancia materna, ya que sólo en una relación de tres se pueden transmitir las leyes que ayudan a que el niño se desarrolle.



Para el psicoanálisis, ser madre o ser padre es una función simbólica que no depende de la biología, y que la puede ejercer cualquier persona adulta que decide ocupar esos lugares, asumiendo con responsabilidad el cuido del infante, cubriendo sus necesidades físicas y emocionales, y defendiendo sus derechos (3).

A su vez, cada persona será padre o madre en función de cómo vivió su historia particular en tanto hijos e hijas de sus padres y de los vínculos que se establecieron entre ellos (4).  Ser padres entonces, es un encuentro con la propia historia, es una construcción que se inicia en la relación misma con los hijos.  No está constituida de antemano y es una relación dinámica que no se detiene, sino que siempre está en movimiento.  

Esta vinculación les aporta a los niños seguridad y confianza, cariño y ternura.  Los protege de los peligros y les ayuda a crecer sanos y felices.  La forma en que se relacionen los padres con sus hijos va a generar un modelo de crianza que irá moldeando los hábitos y estilos de vida de cada uno.

Tanto la madre como el padre son un modelo a seguir (identificaciones inconscientes), las cuales se dan por amor.  Es decir, ambos padres son parte de un menú del que el niño se sirve.

A los padres les toca poner límites, explicar lo que se puede y lo que no se puede hacer.  Les toca corregir sin maltratar, porque son responsables no solamente del crecimiento del pequeño sino que cumplen una función de vigilancia detectando factores de riesgo que puedan llegar a dañar el “yo” de su hijo y por consecuencia su emocionalidad y su vida en general.  

La experiencia que se genera entre padres (o quienes ejercen esa función) y sus hijos, viene medido por lo que en psicoanálisis se denomina castración, concepto clave que estructura el psiquismo del pequeño –el aparato psíquico (5) del que nos habló Freud-, el cual explica cómo nos hacemos sujetos, para no quedar fusionados con la madre, sin ley, y sin deseo propio.  


La función paterna y la castración


Freud nos dice que el bebé nace creyendo que es uno con la madre, la desea y quiere ser todo para ella; quiere ocupar el lugar del padre.  Pero el padre (6), ejerciendo la función paterna, es decir, asumiendo la operación de la castración, -que es la posibilidad de ponerle un “NO” al goce (7) total-, y encarnando la ley, debe poner un límite: separa a la madre del hijo y prohíbe esta relación de deseo (prohibición del incesto).  La madre invita al padre para que sea parte de esta relación triangular, favoreciendo que el padre haga su función.


El hijo para no perder el amor de los padres, renuncia a ese deseo incestuoso, y lo reprime.  Esta renuncia obligatoria es lo que se conoce con el nombre de castración: aceptar que no se puede tener todo lo que se desea, aceptar que hay un límite.  Esta operación simbólica separa de la fusión con el otro.  Pasar por la castración es crucial ya que genera salud mental y deseo.  Permite comprender que se puede desear a otros fuera de la familia y esa operación le permite al niño existir como sujeto.  Se construye la subjetividad: la experiencia de ser uno mismo con deseo propio, experiencia que está atravesada por el lenguaje y por el Otro (8).  Para Jaques Lacan el sujeto nace cuando el niño entra en el lenguaje y se separa de la madre.  

Cuando el deseo surge, aparece la subjetividad lo que le va a permitir al pequeño decir: “yo deseo”, “yo digo no”, “yo pienso”.  La subjetividad es el psiquismo en acto.  Se ve cuando el sujeto habla, duda, elige, se angustia, etc..  Tanto la subjetividad como el psiquismo se juegan en la vida real.


La función materna y el goce


La función materna mete al bebé en el lenguaje y en el mundo.  Antes de eso, este niño es puro cuerpo, puro grito, pura necesidad.  La función materna traduce eso y por medio de la mirada, la voz, y el contacto directo satisface sus necesidades.

También introduce el amor como donación para sostener al crío: lo sostiene física y emocionalmente para que el bebé se sienta seguro.  

La madre le dice al hijo “vos existís para mí” y eso funda el “yo” (identidad) del pequeño.  Pero también la madre debe ausentarse, tener deseos más allá del hijo para que se construya un espacio, hacerle falta y que el hijo pueda separarse y buscar su propio deseo.  La función materna introduce al goce y la función paterna introduce la ley (límites) y el deseo.


Los dos tiempos en el desarrollo de la sexualidad


Cada sujeto pasa por dos tiempos en el desarrollo de la sexualidad, dos movimientos: el que está dado por el primer despertar sexual, llamado Complejo de Edipo y ocurre de cero a seis años, y el establecido como segundo despertar sexual, la metamorfosis de la pubertad, tiempo lógico en el que se re-significan las marcas de la infancia y que conduce a la sexualidad adulta.  Comienza a los seis años y en ese momento la sexualidad se va a dormir.  El niño se dedica más a la escuela, a los amigos, y al aprendizaje; no hay un interés sexual marcado. 


Llega la adolescencia y todo lo reprimido de la infancia vuelve, pero ahora con cuerpo de adulto y genitalidad.  La sexualidad se dirige al otro, ya no es una sexualidad auto erótica.  Se busca pareja fuera de la familia, el placer se organiza alrededor de los genitales y la reproducción.  Es decir, que la sexualidad primero se instala en la infancia, se reprime y después en la pubertad se reactiva con otro cuerpo y otra ley.  Por eso los problemas sexuales de adulto casi siempre tienen raíz en el primer momento.  Ahí se fijó el goce.


Acompañar a los hijos en su crecimiento


Ser padres no es sinónimo de perfección.  Fallar un poco es bueno y necesario para que el niño crezca, es decir, que los padres se pueden equivocar ya que la equivocación hace un agujero y por ese agujero entra el deseo, la creatividad, y la capacidad de pensar.  Fallar es no llegar a tiempo, o no entender el llanto del hijo, o no estar tan enterados de lo que los hijos hacen en su tiempo libre o con sus amigos.  Pero, lo importante es poder darse cuenta de la falla, corregir el error y pedir perdón.  

Los padres deben ser lo “suficientemente buenos” dice Winnicott para que sus funciones sean funcionales.  

Y no solo las fallas de los padres cuentan sino que pueden surgir situaciones inesperadas como pérdidas, duelos, separaciones, enfermedades, discapacidades transitorias o permanentes, que hacen que todo se re-signifique y que aquello que se fantasea como perfecto no lo sea.  Estas situaciones ponen a prueba los vínculos entre las parejas, los hijos y la familia. 

Cuidar a los hijos es una ocupación y una preocupación constante. Es por esto que 

sería más fácil que esta labor fuera compartida.  Y de no haber pareja poder contar con el apoyo familiar o de la comunidad. 

Cada edad tiene sus necesidades.  Por eso es tan importante que los padres puedan acompañar a sus hijos en cada etapa de la vida, para poder apoyarlos, dándoles información (educar) y así evitar la desinformación.  Sin embargo, muchas veces esto no ocurre y se da un alejamiento en ambas partes.


La inocencia en los pequeños se va perdiendo conforme van creciendo y van descubriendo los misterios de la vida.  Se trata de un proceso natural del desarrollo infantil y, aunque puede ser emotivo tanto para los niños como para los adultos, es importante comprenderlo y apoyar a los pequeños en este viaje de autodescubrimiento.  Los niños son inocentes por naturaleza y eso les convierte en seres casi mágicos, pero también influenciables.  No tienen prejuicios, no piensan mal, no sienten odio, no juzgan al prójimo.  Sin embargo, por esta misma razón pueden ser fácilmente engañados.  De allí la importancia de supervisarlos, para poder conocer la realidad inmediata que ellos viven y caminar a la par de ellos.


Estar presentes en el desarrollo de la sexualidad y de los cambios en el cuerpo que sufren los hijos es clave porque si no se hace, lo va a hacer TikTok, o el amigo del cole, o la pornografía.  Además es fundamental entender que la sexualidad no empieza en la adolescencia.  Desde bebés hay desarrollo sexual: descubren su cuerpo, preguntan por las diferencias, hay curiosidad.


Si los padres se acostumbran a estar cerca de sus hijos con el fin de compartir y vincularse en estos temas que por lo general se convierten en temas prohibidos, van a lograr darles herramientas para que puedan vivir su sexualidad con respeto, placer y sin violencia. 

Conversar con los hijos de todos los temas, hablar con franqueza, entendiendo que no es sólo hablarle a ellos, sino con ellos, sabiendo qué se les dice, sin violencia, ni resentimiento.

A veces hay dificultades para hablar los temas de sexualidad.  Hacerlo, les da a los hijos confianza y apertura para que puedan preguntar y puedan ir construyendo un criterio propio, basado en la verdad y sin deformaciones.  Se conversa sin malicia, sin mentiras, dando información de acuerdo a la edad del hijo.  Saber y entender les va a permitir comprender los cambios que ocurren en su cuerpo y poder enfrentarlos, mejorando su autoestima.  Si por el contrario, los temas relacionados con la sexualidad no se conversan, el silencio resulta más traumatizante que las palabras, pues lo que no se expresa se vive siempre como algo malo, vergonzoso, algo que es preciso ocultar. Por otra parte, un niño dispone de más recursos de lo que se cree; y es en ellos en donde hay que apoyarse.  


Cuando los padres sabotean su función


En muchos hogares consumir pornografía es “normal”.  Los padres lo hacen suponiendo que sus hijos nunca se van a dar cuenta y que ellos nunca van a ser descubiertos.  Tanto, el enseñar pornografía desde sus pantallas electrónicas, o la entrega a los hijos de un celular, o una tableta sin ninguna supervisión, abre “una caja de Pandora” que puede llevar a estos pequeños a descubrir una sexualidad inadecuada dejando dudas, conflictos y dolor psíquico.


He tenido varios casos infantiles y algunos adolescentes, que son llevados a consulta por presentar diversos síntomas: conducta agresiva y violenta, berrinches, llanto, presencia de ansiedad y angustia, insultos frente al enojo, fallas académicas, dificultades para hacer lazo social, enuresis, terrores nocturnos, juegos sexuales con iguales o con otros niños menores y mucha intolerancia a la frustración.  Estos niños tuvieron acceso a ver pornografía en los aparatos electrónicos (9) sin entender bien lo que estaban viendo.

Lo que estos pequeños alcanzaron a ver de forma accidental, los sorprendió al inicio pero, se transformó en curiosidad y finalmente en adicción. 


Permitir que niños vean pornografía se considera un delito en Costa Rica, según el Código Penal (10), artículo 174: Difusión de pornografía. 

“Quien entregue, comercie, difunda, distribuya o exhiba material pornográfico a personas menores de edad o incapaces, será sancionado con pena de prisión de cuatro a ocho años. Se impondrá pena de cinco a nueve años, a quien exhiba, difunda, distribuya, financie o comercialice, por cualquier medio y cualquier título, material pornográfico en el que aparezca una persona menor de edad o incapaz, o lo posea para estos fines.”  


El objetivo de la ley es proteger a los menores, ya sea porque se les expone a ese material, o porque se les utiliza para fabricarlo.


El adulto que no ha resuelto su sexualidad


Consentir que un hijo menor de edad vea imágenes pornográficas o escenas de índole sexual, revela una patología en estos adultos, la cual apunta a la posibilidad de haberse quedado trabados en su desarrollo psicosexual, gestándose una fijación que los lleva a presentar síntomas los cuales podrían asociarse a una sexualidad desbordada, sin límites, y que los conduce a transgredir la ley de forma perversa.  

Son conductas muy peligrosas no solamente porque están descuidando y desconociendo su responsabilidad como padres que deben proteger a sus hijos y educarlos en una sexualidad sana, sino que se exponen como incapaces de controlar su propia sexualidad, es decir, no tienen resueltas sus necesidades sexuales.  Conductas de este tipo son consideradas violentas (violencia solapada) escondida detrás de las pantallas, que afecta no solamente al niño, su auto-estima, sino que se dirige contra todo el núcleo familiar porque se viola la confianza que se tenía en esta figura parental.  Es perder de vista la ternura, el respeto y la humanización del vínculo que debe existir entre un adulto, cuidador - padre de familia y un niño - hijo - inocente.


Para el pequeño vivir una experiencia de este tipo en etapas tempranas, es traumático, sobre todo porque para ellos es muy difícil apalabrar o simbolizar lo que ven.  Los altera emocionalmente y no lo entienden.  El enojo brota como una forma de protegerse, de hacer consciente una incomodidad que los altera y que los llena de pensamientos perturbadores, como una forma de pedir auxilio, de pedir ayuda.  Sufren y este sufrimiento se convierte en síntomas.  


En la terapia con los menores lo importante es que ellos puedan relatar lo que vieron, lo que entendieron y comprender sobre todo que la sexualidad es más que unas imágenes sueltas.  La pornografía ensucia la inocencia del pequeño y lo traumatiza.  El adulto comete un error al irrespetar el tiempo propio del pequeño para avanzar en su conocimiento acerca de la sexualidad, deja de sostenerlo emocionalmente, es un daño que le causa.  Decimos entonces que se trata de un padre perverso que genera efectos en la constitución subjetiva del niño, le daña su subjetividad.  El padre utiliza al hijo para tapar su propio goce.  La perversión del padre en el abuso y la violencia que puede ejercer sobre el niño, es un goce ajeno a la ley de la prohibición del incesto.  En palabras de Lilliana Donzis (11), “el goce que se ejerce sobre el niño, es una huella imborrable, deja huellas en lo real”.  En otras palabras, el goce incestuoso deja marcas, y nunca se pueden elaborar por completo en un análisis.


El trabajo terapéutico debe hacerse tanto con el hijo como con los padres y a veces con toda la familia.  Lo importante es la apertura para corregir el error, y apoyar como familia para que todos y cada uno, puedan aprender del error y el trauma vivido.  He visto en muchas familias que alguno de los adultos responsable de la crianza, sabe lo que está ocurriendo en la familia y lo ignora, lo calla.  Peca por omisión, tiene miedo a las consecuencias, comparte un silencio cómplice que atropella la integridad del hijo.  Sin embargo, lo importante es que no haya abandono de parte de los adultos, ni indiferencia.  Nunca es tarde para denunciar un crimen contra la inocencia de un menor de edad.  Darle la palabra a un niño en un análisis, abre la oportunidad para inscribir y simbolizar al mismo tiempo, la función paterna, externando su indignación y dándose la oportunidad de emerger como sujeto, al hacer un duelo por ese padre fallido.  Es una apuesta al amor para que el delito no se fecunde ni crezca.


REFERENCIAS

  1. Liaudet, J-C.  (2002)  Dolto para padres.  Plaza & Janés Editores, S.A.  Barcelona, p. 128.

  2. No se nace sabiendo qué es una madre o qué es un padre, pero la psique tiene la estructura lista para reconocerlo y actuar en base a ello.  No se trata de un personaje en sí, sino más bien de un molde vacío que se llena con la cultura, la historia personal y la experiencia.

  3. La Convención sobre los Derechos del Niño se firmó en 1989 en la ONU.  Y  tiene cuatro principios fundamentales: Interés superior del niño priorizando su bienestar. La no discriminación.  El derecho a la vida, supervivencia y desarrollo. La participación: el derecho a ser escuchado y que su opinión se tome en cuenta según su edad y madurez.

  4. Es importante contemplar tres generaciones para atrás.

  5. Incluye las instancias del Ello, Yo, Super yo y a los procesos como la represión, la transferencia, mecanismos de defensa,  formación del inconsciente.

  6. No tiene que ser el papá biológico.  Puede ser la escuela, los abuelos, la cultura.

  7. El goce es diferente al placer.  Rompe el equilibrio, es un exceso.  Va más allá del principio del placer. Agota, hace sufrir y deja un vacío.

  8. La madre es el primer Otro.

  9. Algunos padres de familia y abuelos lo propusieron directamente.

  10. Código Penal , ley No 4573. Reformado por el artículo 8° de la Ley para la prevención del acoso a personas menores de edad por medios electrónicos o virtuales (GROOMING), N° 10020 del 9 de setiembre de 2021.

  11. Donzis, L. y otros.  (2019).  Goces, sexualidad y sexo.  Clínica psicoanalítica.  Cascadas de letras Editorial.  Buenos Aires, p.185.

 
 
 

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