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Punto Ciego

Oct 6
2 min read

























Etty Kaufmann


El talón de Aquiles, el callejón sin salida, la encrucijada, el punto débil, el lado oscuro de la luna, tropezar con la misma piedra.


Que te despidan de tus trabajos con cierta frecuencia; que tus relaciones terminen siendo lo contrario de lo que buscabas; que volviste a endeudarte; que no puedes parar de consumir alguna droga, que, a pesar de que estudias, pierdes el examen, que a pesar de que no quieres sentir celos, los sientes. O procrastinas. O adelgazas y engordas.


Cuando juraste no volver a gritar pero lo hiciste y eso te hizo sentir mal nuevamente; cuando te divorciaste varias veces y sigues buscando pareja para no sentirte solo. Cuando a veces, en lugar de detener el camino para salvarte de la caída, das el paso hacia delante.


El problema es que el punto ciego con el que cargas es escurridizo y mutante, por lo que no siempre aparece de la misma forma y cuando te das cuenta de él ya ha pasado de ser un punto a ser un cráter. Tratas de taparlo, lo llenas de palabras y actos y caminas hacia otro lado para no verlo pero más adelante tropiezas con otro punto ciego, que se parece tanto al de siempre, y así sucesivamente.


Y te repites incansablemente, intentas, insistes y a veces crees ver la luz, crees que encontraste el camino o la fórmula o te ganaste la lotería o después de tratar y tratar, el azar te recompensa por un rato. Repites con algunas modificaciones, novedades, creaciones. Pruebas con la esperanza de cambiar algo, de salir del bucle y con la certeza ingenua de moverte hacia algún lugar, pero luego, de nuevo el punto ciego, y así sucesivamente.


Hay puntos ciegos que se buscan en la escritura, en el trabajo, en el deporte y aunque nunca se llega a ellos, como el burro con la zanahoria, sigues.


Pero, puesto que no alcanzas a ver lo propio, tienes a los otros que aunque no pueden ver su punto ciego, pueden ver el de quien tienen enfrente: del amigo, de la madre, del hijo, de la vecina. Y a veces dejas que te devuelvan esa mirada, esa palabra que ellos, que ellas ven y tú no. Y es un alivio saberte acompañado, acompañada. ¡Qué bueno que hay otros! piensas, y luego vuelve a suceder, de nuevo, eso que querías evitar… pero mientras se tenga vida, vale la pena vivirla y además porque hay otros, hay otras que van de la mano, acompañándote y también tienen puntos ciegos que tal vez tú sí puedes ver.


Además, como dijo el filósofo danés Søren Kierkegaard, nunca repetimos de la misma forma, así que, mientras estemos con vida, la idea es seguir. O como contó el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “la utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."




 
 
 

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