"Mi hija no come"
Updated: 5 days ago
Jéssica Millet González
La alimentación es un cuidado que las madres, padres y cuidadores de las infancias hacemos con la mejor de las intenciones para la vida de nuestros hijos e hijas.
Nutrir, dar de comer, es una forma de dar amor. Podemos recordar a nuestras abuelas cocinar los domingos abundantes ollas con olor a hogar, o a nuestros padres recibir con entusiasmo a la familia con sus mejores panes y carnes.
Son el aroma, los abrazos y las risas lo que hace de esos banquetes sencillos un placer. Alrededor de la mesa nos juntamos y construimos los vínculos que llevamos cerquita del corazón, ese calorcito que nos reconforta en un día gris, no por el alimento sino por el calor del encuentro.
Comer, no es únicamente un acto necesario, es un acto acompañado de sensaciones, de deseos, de afectos y tradiciones.
Cuando se rechaza el alimento no es puro desgano; es que el rechazo pesa más que la necesidad de alimentarse.
Es imposible dar una respuesta que represente a todas, debe responderse caso por caso. Sin embargo, hay factores comunes. Por ejemplo, los problemas de alimentación se desencadenan la mayor parte de las veces, en la preadolescencia, o la adolescencia, entre los 10-17 años.
A veces coincide con la aparición de la menstruación, es decir, por lo que implica para una niña hacerse mujer. Es un momento crucial para la vida de los y las adolescentes. Se abren preguntas existenciales; el cuerpo y la sexualidad se ponen en primer plano, y los ideales de los padres no alcanzan para construir los lazos entre los y las amigas.
Dejar de comer, construir una imagen que agrade a los otros, “calzar” en el mundo de la amistad, puede ser un motivo para rechazar la comida.
Ellas dicen, “me estoy preparando para la fiesta de fin de año y quiero que me quede el pantalón que compré para ese evento especial…
O por ejemplo “quiero verme bien para…..”.
El espejo es imprescindible en este tiempo.
Sin embargo, las razones no son suficientes para explicar cómo esta idea inicial de “querer verse bien” hace del rechazo a la comida una repetición infinita, un conteo obsesivo de calorías, una posibilidad de mentir a los otros y esconderse de ellos. Todo esto las puede conducir hacia un mundo privado del otro, que trae soledad y, en ocasiones, la muerte.
No es solo el rechazo a la comida; en su fase avanzada termina siendo un rechazo al otro, al vínculo. Entonces, retiran sus vínculos y quedan a solas, en una relación vigilante con su propio cuerpo. Un cuerpo hambreado, débil, y oculto a cualquier mirada. Un cuerpo que desfallece, un sujeto que pide auxilio, que se consume.
¿No es paradójico que una persona que rechaza la comida para “verse bien” termina en el aislamiento y la soledad, es decir, no siendo vista?
Es tan importante la relación al cuerpo, las sensaciones de desvanecimiento, la alteración perceptiva de la imagen, la necesidad de ocultar a los otros sus rituales para no comer, las estrategias para vomitar sin ser notadas. Es un sinfin de tácticas cuyos esfuerzos van dirigidos a la preservar el cuerpo vacío de alimento.
Todos los casos son diferentes, algunos más extremos que otros, algunos combinan la anorexia con episodios bulímicos, otros no. En todos los casos, el rechazo al alimento y la construcción de una imagen de extrema delgadez se vuelven imperativos para la existencia.
Es necesario escuchar, en cada caso, esta relación tan particular que tiene estas personas al cuerpo: un cuerpo que se desabrochó de los otros, de la sexualidad, de las estrategias de pertenencia, de la amistad y que ante las preguntas vitales de la adolescencia se respondió con una imagen feroz: ser extremadamente delgada.
Los padres, por la angustia que les produce ver así a sus hijas, responden con otro imperativo: “¡Coma!”. Pero la angustia no es la mejor referencia para abordar este síntoma tan complejo.
Es importante ver los signos y confiar en una guía experta que abra espacio para interrogar el rechazo al alimento como un signo de otra cosa que se volvió vital.

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