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Succionados por la pantalla: ¿qué pasa con los vínculos?

Sep 22
3 min read


Un carro se detiene frente a mí. En el asiento de atrás hay un niño de aproximadamente tres años con una tablet en las manos; al volante, un hombre está en una videollamada. Ambos parecen succionados por la pantalla, ajenos a lo que ocurre afuera y a la presencia del otro. Esta escena me hace preguntarme, no cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino qué empieza a ocurrir con nuestros vínculos mientras estamos frente a ella.

Hablar de pantallas es, en el fondo, una excusa para preguntarnos qué está pasando con los vínculos.


¿Qué se pierde cuando la pantalla ocupa el lugar del vínculo?


Los niños, las niñas y adolescentes no eligen el mundo digital en el que crecen pero las personas adultas sí podemos elegir cómo estar presentes en él. Por eso, la pregunta no es solamente cuánto tiempo pasan ellos y ellas frente a una pantalla, sino también qué sucede cuando quienes deberíamos estar disponibles estamos también absorbidos por ellas.

Una investigación sobre technoference (McDaniel y Radesky, 2018) muestra que las interrupciones por el uso de dispositivos en madres, padres y figuras de crianza se asocian con más problemas de conducta en niños pequeños, es decir, que el uso adulto de la tecnología también importa.


Ahora bien, insisto en que el problema no es la tecnología en sí misma porque esta también nos permite cosas valiosas, como comunicarnos, aprender o trabajar. El problema aparece cuando la mirada, la conversación, el juego y la escucha son sustituidos una y otra vez por la pantalla, y algo del encuentro cotidiano comienza a diluirse. Los niños, las niñas y adolescentes necesitan espacios en los que la mirada, la conversación y el juego les permitan crear recuerdos, ser parte de una historia, sentir pertenencia y crecer con estabilidad y seguridad.


En este sentido, pensar la parentalidad es central y aunque es verdad que nunca ha sido sencilla, hoy enfrenta un reto distinto: acompañar a niños, niñas y adolescentes en un mundo digital que no conocimos en nuestra propia infancia. Quizás por eso resulta tan difícil hablar de límites tecnológicos sin caer en prohibiciones, culpas o recetas que parecen mágicas pero que al final del día resultan inútiles.


Asumir esta responsabilidad no es cargar con la culpa: es decidir cómo queremos estar. No se trata de regresar a un mundo sin pantallas, porque ese mundo ya no existe. Se trata de preguntarnos qué lugar queremos tener como madres y padres, o como figuras significativas.


Con frecuencia escucho: ¿qué hago cuando mi hijo no quiere soltar el teléfono?, ¿cómo acompaño a una hija adolescente que necesita cada vez más su espacio y, al mismo tiempo, protección?, ¿qué lugar ocupa el celular en nuestra vida familiar?, ¿cómo recuperamos conversaciones que hemos dejado para después?


Adolescencias


El desafío se vuelve especialmente delicado en la pubertad y la adolescencia. Es la etapa en la que hijos e hijas comienzan a reclamar una intimidad propia y una vida personal y social con más independencia, donde el celular entra con fuerza. Es también un tiempo de cambios vertiginosos y de nuevos riesgos. Justo entonces, la presencia adulta ya no puede ser la misma que en la infancia, debemos pensar en una nueva forma de estar. Además, es importante remarcar que, conforme ellos y ellas cambian, las figuras adultas también se transforman.


Asumir la responsabilidad no significa tener todas las respuestas, sino contar con espacios para pensar: ¿qué les pasa cuando llegan a la pubertad y la adolescencia?, ¿cómo restablecer el vínculo cuando parece que se ha perdido?


Si le interesa el tema y quiere conocer más, le invito a inscribirse en el Taller de acompañamiento para madres, padres y figuras de crianza de hijos e hijas púberes y adolescentes, un espacio para pensar qué está pasando con ellos, qué nos está pasando a nosotras, nosotros y cómo cuidar el vínculo en esta etapa de transformaciones.

Inscripciones en el siguiente enlace: https://forms.gle/3Xip7djJUiXd5oNi6

 






 
 
 

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